Hace ya un tiempo (tanto que perdí la cuenta), mi querida Noe de la AFI me encargó un escrito sobre «madres corredoras», pues supo que unas cuantas habíamos empezado a salir juntas a trotar. Hoy, un miércoles de una semana en que han confluido no solo proyectos por entregar ayer, sino un gracioso virus acampado en el intestino de mi hijo pequeño —que lo ha tenido en vela y vomitando durante dos noches—, decido poner punto y final al encargo. Y la situación desbordante, que me obliga a correr, es la mismísima esencia de este breve artículo.
Todo empieza con unas preguntas: ¿en qué momento el «ir corriendo a todos lados» se convierte en sinónimo de agobio, de estrés, de falta de tiempo? ¿Cuándo pronunciamos por primera vez la ínclita frase: «Quieres correr más, que no llegamos»? Allá va otra: ¿hay algún niño al que no le guste correr antes de que alguien le obligue a hacerlo o le presione para hacerlo de una forma determinada?
Los niños corren. Nuestros niños corren y ríen. Corren y juegan a pilla-pilla. Corren para ganar al otro. Corren por el placer de correr. Y os aseguro que no han leído sobre el tema, ni se autodenominan runners, ni se compran ropa técnica para salir pitando. Han puesto un pie tras otro y han activado su máquina de la felicidad de las pequeñas cosas.
«¿Por qué corres?», me han preguntado desde que empecé a hacerlo. Y me leí el libro de Murakami De qué hablo cuando hablo de correr (porque es escritor y corre). Pregunta a un niño por qué corre. No le hará falta leer ningún ensayo. Sabes perfectamente que sonreirá y saldrá disparado para demostrarte que no hay razón más convincente que la vivencia.
¿No sentís una profunda emoción al ver a nuestros niños corriendo juntos hacia el mar el día de la bicicletada? La visión de la manada completa avanzando imparable entre risas y empujones, sujetos de la mano y mirando hacia el futuro más inmediato, es algo que me sobrecoge. No me canso nunca de verlo.
Pues eso es lo que siento cuando salimos a correr en grupo. La energía de las mujeres que han atesorado treinta minutos de su día para ellas. Esa fuerza que las impulsa a avanzar por el simple gusto de avanzar junto a otros pies, resistir junto a otras piernas. Entre risas, jadeos, sudores y más risas. Unas caminan, otras trotan, otras desearían estar entre nosotras. Pero no importa, las que no encuentran el instante, también están corriendo con el grupo. Y lo hacemos no para llegar a ningún sitio, no para aparcar más cerca de la puerta del cole ni para salir del curro a tiempo.
Ahora corremos todas por la sonrisa que esbozan nuestras almas cuando reviven esa alegría de la infancia. Corremos juntas porque conectamos con las niñas que fuimos y damos impulso a las mujeres que somos. Corremos porque tenemos alas en los pies y unidas somos capaces de desempolvarlas y salir volando. Por un instante, durante media hora. Toda una vida.
No sé a vosotras, pero a mí, me encanta volar en compañía. Y no pienso dejar de hacerlo. Muchas gracias.

Verónica Canales Medina, escritora y traductora literaria. Madre de Guillermo (9 años) y Carlos (7 años).
www.veronicacanales.com

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